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Padre enfadado en el club: la charla que zanja el tema

Se ha pasado un set entero mirando y, en cuanto cae la última bola, viene derecho hacia ti. Lo que digas en los quince segundos siguientes decide si esto será una conversación o tres semanas de ruido en el grupo del equipo. La tentación de hacer justo lo peor es enorme: entrar al fondo del asunto, junto a la línea, con veinte personas escuchando. La charla que quieres tener no se tiene ahí ni se tiene ahora.

Tiempo de lectura: 8 min

El momento junto a la línea: tres frases y punto

Al borde de una pista no se gana ninguna discusión. Hay gente escuchando, los dos seguís con adrenalina y el padre lleva cinco minutos ensayando su frase. Todo lo que digas ahí sobre el fondo del asunto puede reaparecer más tarde en una versión que no reconoces. Tu objetivo, por tanto, no es explicarte ni tener razón, sino mover la conversación a un momento en el que sí se pueda tener.

Eso se consigue con tres frases, en este orden:

  1. Reconocer. "Veo que hay algo que no te ha gustado, y de verdad que quiero escucharlo."
  2. Poner el límite, con un motivo que no vaya sobre él. "Aquí no, eso sí: estoy entre los chavales y ahora mismo no tengo la cabeza para esto."
  3. Un compromiso con una hora dentro. "Te llamo mañana por la noche a las ocho y le dedico veinte minutos. ¿Te viene bien?"

Después date la vuelta y vuelve con tu equipo. Si el padre insiste, repite la tercera frase literalmente, sin palabras nuevas: cada argumento nuevo es un asidero nuevo. Procura además no estar solo — una tercera persona delante suele quitarle filo — y aléjate unos metros del banquillo, para que el chaval del que se habla no tenga que escucharlo.

Seis frases que siempre lo empeoran

Este artículo trata la confrontación cuando ya está ahí; los acuerdos con los que te adelantas a la mayoría de ellas están en padres en la banda.

La regla de las 24 horas, con un tope

La regla de las 24 horas es conocida en el deporte de base: de un partido no se habla hasta el día siguiente. Para esta charla vale igual, pero con un tope por arriba. Mínimo 24 horas, porque si no hablan dos personas que siguen dentro del partido. Máximo 72 horas, porque una queja que lleva cuatro días parada ya no suele ser de un solo padre: para entonces lo ha comentado con otros, y ya no hablas con un padre sino con un relato. Tres reglas al respecto:

La charla de veinte minutos, con el reloj delante

Di al principio de cuánto tiempo dispones: "Tengo veinte minutos, ¿nos llega?" Un límite fijado de antemano hace la conversación más corta y más tranquila. Así se reparten esos veinte minutos:

  1. 0–2 minutos: la pregunta de apertura. No empiezas por tu versión, sino por esta frase: "Antes de hablar del partido: ¿[nombre] te ha dicho algo de esto, y sabe que estamos hablando ahora?"
  2. 2–8 minutos: habla él, escribes tú. Literalmente: coge papel. No interrumpir, no corregir, tampoco si algo no es exacto. Bastan tres preguntas: "¿Cuándo lo notaste por primera vez?", "¿Qué viste exactamente?" y "¿Qué crees tú que debería cambiar?"
  3. 8–10 minutos: resumir con sus palabras. "Te lo resumo, dime si me desvío." No sigas hasta que diga que sí. Un padre que se siente bien resumido no necesita volver a explicarlo, y eso es exactamente lo que es una segunda charla.
  4. 10–15 minutos: tu versión, con hechos. Dos razones, concretas, sin meter a los demás jugadores.
  5. 15–18 minutos: un solo acuerdo. No tres. Una cosa que vas a hacer tú, con fecha.
  6. 18–20 minutos: las dos frases de cierre que están escritas más abajo.

Esa pregunta de apertura es la frase más importante de toda la charla, porque separa la queja del chaval de la queja del padre. Hay tres respuestas posibles y llevan a tres conversaciones distintas. "Sí, está hundido": entonces hay un problema en el jugador; añade después una charla breve con él. "No, él no sabe nada de esto": entonces la queja es del padre. También es legítima, pero va sobre lo que él ve y no sobre lo que siente el chaval, y esa diferencia puedes nombrarla en voz alta. "Dice que no es para tanto": casi siempre significa que el chaval no quiere estar en medio. Prométele entonces que no lo tratarás con él como si se hubiera quejado.

El momento en que dejas de defenderte

Hay una señal muy reconocible: te oyes explicar la misma decisión por segunda vez, con otras palabras. A partir de ahí ya no convences a nadie; solo confirmas que estás defendiéndote, y defenderse se lee como culpa. Para ahí y cambia del caso concreto al criterio.

La frase con la que lo haces: "No te voy a explicar por qué el sábado sí salió Marta de inicio. Te voy a enseñar cómo reparto el tiempo de juego, y miramos juntos si este mes me he ajustado a ello." El tema pasa así de ser tu criterio a ser un acuerdo que los dos podéis mirar, y en el que tú también puedes no tener razón. Eso no es debilidad: es lo que da por terminada la conversación.

Eso sí, ten algo que enseñar. Haz el cálculo una vez con tus propios números. Supón que habéis jugado once partidos que sumaron 36 sets: 36 sets por seis puestos en pista son 216 puestos. Divididos entre diez jugadores salen 21,6 sets por jugador con un reparto absolutamente igualado. Si este chaval va por 17, hablamos de casi cinco sets en once partidos: algo menos de medio set por partido. Sobre "no juega casi nunca" se puede discutir una hora; sobre medio set por partido, no.

Cómo hacer que ese reparto sea explicable de antemano está en repartir el tiempo de juego con justicia; el registro en sí, en llevar el registro del tiempo de juego. Quien anota los cambios durante el partido en Koach ya tiene ese resumen por jugador. Y si resulta que el padre tiene razón, dilo de inmediato: "Tienes razón. Esto no encaja con lo que yo mismo dije y lo voy a corregir." Esas dos frases evitan más problemas que cualquier defensa.

Pantalla de sustituciones durante un partido con los suplentes y el número de apariciones por jugador
Una conversación sobre el tiempo de juego se vuelve pequeña en cuanto hay un número sobre la mesa en lugar de una sensación.

Tres tipos de padre enfadado, tres charlas distintas

Determina en los primeros minutos sobre qué va el enfado, porque los tres tipos te piden cosas distintas.

1. Tiempo de juego, alineación o posición. Es la charla de criterio de arriba: números, acuerdos y un punto de mejora para el chaval sobre el que él pueda influir. Una regla es absoluta: nunca hablas de otro jugador, tampoco en su versión suave ("es que Marta entrena más"). En cuanto comparas a dos chavales, te arriesgas a un segundo padre enfadado. Lo que sí puedes hacer: explicar qué papel necesitaba el equipo. Si acaba derivando en frustración por el propio papel de suplente, dale a ese papel contenido de verdad: mira mantener implicados a los suplentes.

2. Una decisión arbitral o el rival. La charla más corta: cinco minutos. Aquí eres aliado, y puedes decirlo. Pero el tema no es la decisión, es lo que hizo el padre. "Estaba de acuerdo contigo en esa bola. Y quiero que sepas qué pasa cuando gritas eso: ese árbitro todavía es juvenil del club y a lo mejor la semana que viene ya no arbitra." No prometas nunca una protesta ni una reclamación ante la federación; lo que ahí es posible y lo que cuesta cambia según la federación, así que compruébalo primero. Si el enfado iba sobre qué se pitó, muchas veces la respuesta más rápida es el propio gesto arbitral.

3. Tu manera de entrenar. La más difícil, porque va sobre ti. Aquí pregunta por observaciones y no por juicios: "¿Qué me has oído decir?", "¿En qué momento fue?", "¿Qué hizo [nombre] después?" Tres respuestas a eso dan más que media hora discutiendo si eres o no demasiado intenso. Llévate un punto de ahí, aunque no estés de acuerdo con el resto: "Voy a fijarme en cómo reacciono después de un error de saque" es más fuerte que cualquier justificación. Si pasa a ir sobre tu persona en lugar de sobre tu conducta, la charla se acaba y continúa con una tercera persona presente. Si entrenas a tu propio hijo, cuenta con esta categoría más a menudo: los acuerdos que eso exige están en entrenar a tu propio hijo.

Las dos frases con las que cierras

Una segunda charla suele nacer porque faltó algo: una fecha final, o un camino. Las dos frases de cierre tapan exactamente esos dos huecos.

Frase uno: el acuerdo con sus palabras, con una fecha. "Tal como lo entiendo, te preocupa que Diego juegue menos desde Navidad. Hemos quedado en que los tres próximos partidos sale de inicio al menos un set, y en que el 1 de marzo te cuento lo que veo."

Frase dos: el camino, no la puerta. "Si el 1 de marzo sigues sin estar de acuerdo, vamos juntos al coordinador de la base. Eso no es pelearse, es sencillamente cómo funciona aquí."

Cuidado con lo que prometes. Promete conductas tuyas — "sale de inicio", "me fijo", "te lo cuento" — y nunca un resultado como "va a ser titular". Un resultado depende de demasiadas cosas, y una promesa incumplida es la forma más fiable de repetir esta misma charla dentro de seis semanas con menos crédito. Cuelga el momento de revisión, a poder ser, de la charla de evaluación con el jugador que ya tenías, para que no aparezca una vía de reclamaciones aparte.

Qué anotas, y dónde no

Dentro de las 24 horas siguientes a la charla escribes cinco líneas: más no hace falta, menos es demasiado poco:

  1. Fecha, hora y formato (teléfono, en el pabellón, en casa).
  2. Quién estuvo presente.
  3. El motivo en una frase, sin juicios.
  4. El acuerdo, literalmente tal como lo dijiste.
  5. La fecha en la que vas a retomarlo.

Escribe hechos: "la conversación fue tensa" vale, "el padre es un pesado" no. Los derechos de acceso concretos cambian según el país, pero la regla práctica es la misma en todas partes: no escribas nada que no leerías en voz alta con él delante. Basta una nota breve en la ficha del jugador en Koach, o una carpeta en tu propio ordenador.

Manda después un correo de dos frases con el acuerdo y la fecha dentro. Eso es a la vez tu confirmación y tu registro, y evita la variante en la que resulta que cada uno se llevó un acuerdo distinto.

Cuándo dejas de ser tú el entrenador

Hay un punto en el que seguir no es valiente sino imprudente. Traspasa entonces el asunto — no derivar, traspasar — en cuanto se dé una de estas cinco cosas:

Traspasar se hace a la vista: manda tus cinco líneas al coordinador de la base (o a quien tenga ese papel en tu club) y pon al padre en copia, con una frase: "He pedido que el coordinador de la base retome esta conversación." Sin sorpresas y sin expedientes a espaldas de nadie. Y dite a ti mismo lo que los entrenadores rara vez dicen en voz alta: esto no es un fracaso tuyo. Es el club haciendo su trabajo, y tú pudiendo volver a ser entrenador en lugar de parte.

Idea clave: junto a la línea no se resuelve nada; allí solo se mueve la conversación de sitio. Todo lo que hace que la charla posterior se cierre a la primera está en tres cosas: preguntas primero qué opina el chaval, dejas de defenderte en cuanto te repites, y terminas con una fecha y un camino. Si falta una de las tres, habrá una segunda charla.

Preguntas frecuentes

¿Cómo reacciono ante un padre enfadado durante el propio partido?

Reconoce que lo escuchas, di que ahora no vas a hablarlo porque estás entre los chavales y propón de inmediato un momento para llamarle. Si insiste, repite esa última frase literalmente, sin argumentos nuevos. Pide al delegado del equipo o a otro entrenador que se acerque: una tercera persona delante suele quitarle filo.

¿Y si pasadas 24 horas el padre sigue enfadado?

Es normal y casi nunca es un problema. Ten la charla igualmente, pero empieza por lo que él ve y no por tu explicación. Si notas que no busca una solución sino sentirse escuchado, resumir con sus propias palabras es más eficaz que cualquier argumento.

¿Puedo explicar por qué otro jugador sí juega?

No. En cuanto comparas a dos chavales hablas de un jugador que no puede defenderse y muchas veces creas un segundo padre enfadado. Sí explica qué papel o qué posición necesitaba el equipo en ese momento: eso hace comprensible tu decisión sin que hables de nadie más.

¿Debo dejar por escrito una charla con un padre enfadado?

Sí, en cinco líneas: fecha y formato, quién estuvo, el motivo, el acuerdo y la fecha de revisión. Escribe hechos y sin juicios sobre el padre, y da por hecho que él podrá leerlo. Mándale después un correo de dos frases con el acuerdo dentro.

¿Cuándo meto al club en un conflicto con un padre?

Ante conductas amenazantes o personales, en la tercera charla sobre el mismo tema, en cuanto se impliquen otros padres o el grupo de mensajería, y siempre que vaya sobre composición de equipos, promoción o cuotas. Si hay seguridad o conductas que cruzan un límite de por medio, lo comunicas de inmediato a la persona designada en tu club o federación: cómo se llama esa vía cambia según el país.

¿Qué hago si resulta que el padre tiene razón?

Dilo enseguida y sin rodeos: esto no encaja con el acuerdo y lo voy a corregir. Añade una sola acción concreta con fecha. Un entrenador que reconoce su propio error rara vez pierde autoridad por ello; es justo lo que hace innecesaria una segunda charla.

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